Siempe me he considerado una persona que incapaz de demostrar mis afectos; cerrado y tosco en las palabras agradables. Justificándome, en parte, porque los halagos de los otros para mis cosas, me resultan muy incómodos y nunca sabe uno como actuar ante ellos.
Desde hace ya algún tiempo, he descubierto que no me cuesta tanto halagar como antes. De principio, es cosa de la edad, pero no tengo claro si la edad afecta en que uno se incomoda menos o en que uno sabe mejor qué es lo que le gusta y su corazón lo obliga, al salirse del pecho, a no quedarse callado.